
El fraile predicador alemán Johannes Eckhart de Hochheim (1260-1327) es hoy re-descubierto por los buscadores espirituales como una de las máximas luminarias de la mística. Le sucedió –como a menudo pasó en la historia– que los peores enemigos con los que te tuvo que enfrentarse fueron la ignorancia y la envidia de sus contemporáneos eclesiásticos, quienes condenaron algunas de sus proposiciones por “mal sonantes”, habiéndolas sacado de contexto, y peor aún, habiéndolas leído fuera de toda “experiencia” mística: único marco posible de inteligibilidad profunda de lo que el Maestro predicó, puesto que de esta experiencia surgió su enseñanza y sólo desde ella puede ser entendida.
Johannes Eckhart llamó a Dios la “Nada” (así, con mayúsculas) para significar que Dios es absolutamente trascendente, está siempre “más allá” de todo lo que podemos percibir por los sentidos, imaginar, e incluso pensar y desear. Y a todas las cosas fuera de Dios las denominó “una pura nada”, incluido el mismo ser humano, refiriéndose con esa expresión al fondo de carencia óntica que es constituyente de todos los entes finitos, que los hace incapaces de otorgar al hombre la felicidad y el descanso fruitivo que no cesa de buscar y desear desde lo profundo de su psique. Y a la vez afirmó que en el centro del alma existe una “chispa divina”, en la cual habita el mismo Dios; expresión que también utilizó para referirse a la esencia del alma, en la cual Dios pronuncia y engendra, desde la eternidad, su Palabra divina.
Es en la esencia del alma donde debe buscarse, según el Maestro, el encuentro con Dios. Y tomar consciencia -experiencialmente- que Dios está constantemente “naciendo” en la esencia del alma es lo que constituye uno de los pilares de la experiencia mística de transformación e iluminación. Escuchemos directamente a Eckhart:
«El Padre Celestial pronuncia una Palabra y lo hace por toda la eternidad. Esa Palabra permanece oculta en el alma, de modo que el hombre ni la conoce ni la escucha. Para oírla, es preciso que se apaguen todas las voces y todos los sonidos, de modo que predomine una quietud pura, una calma perfecta. No hay nada en la Creación como Dios vuelto serenidad.
Para alcanzar el núcleo de la grandeza de Dios, uno debe por lo menos llegar al núcleo de sí mismo, pues es imposible que alguien conozca a Dios si antes no se ha conocido a sí mismo. Húndete en las profundidades del alma, el lugar secreto de Lo Más Elevado, en las raíces, en las cumbres: pues todo lo que Dios implica tiene su foco allí.
Debes conocer a Dios sin imagen, sin mediadores y sin semejanza. Pero para conocer a Dios sin mediaciones de ese tipo, entonces “yo” debo convertirme en “él”, y “él” debe convertirse en “yo”. Con más precisión digo: Dios se fusiona conmigo y yo me fusiono con Dios, tan absolutamente, que todo se vuelve fructífero. Si desapareciera todo medio entre una pared y yo, entonces yo estaría en la pared pero no sería la pared. Pero las cosas no suceden así en lo espiritual, pues en ellas una cosa constituye siempre a la otra. Quien recibe es idéntico a lo recibido, ya que sólo se recibe a sí mismo. Resulta difícil de entenderlo, pero quien lo entiende ha trascendido más allá de toda prédica…»
[Maestro Eckhart, Vida eterna y conocimiento divino, Editado por Miguel Grinberg, Deva´s, Buenos Aires, 2003]
Hay gente que se deleita sólo con “leer” cosas espirituales. Otros coleccionan certificados de asistencia a cursos y talleres de “transformación”… Pero aquí el Maestro Eckhart, retomando la última frase citada, nos invita a trascender toda “prédica”: esto significa atrevernos a ir más allá de los maestros, los libros, las autoridades y las enseñanzas, en pos de la propia (y repetida, si no constante!) “experiencia” de encuentro y progresiva unificación con Dios. Es allí lo único que realmente puede transformar nuestra alma en luz.
El encuentro personal con la suprema “Nada” (que es la Realidad más plena!), reconociendo que somos “una pura nada”, y habiendo acallando nuestras voces interiores para que en el centro de nuestra alma resuene, cada vez más, con toda su maravillosa potencia aquella “Palabra” que Dios pronuncia desde toda la eternidad, es ahí donde radica esencialmente el camino contemplativo que propuso Eckhart. El nacimiento del “Verbo” de Dios en el alma es la raíz de toda auténtica “iluminación”.
Lic. Marcelo Aguirre
Después de leer e Eckhart, uno se queda, literalmente, sin nada que decir. Todo sobra.
ResponderEliminar(suspiro) (suspiro)
ResponderEliminarDelicatessen expuesto.
¿Has leído "tras el extasis la colada Marcelo? es posible y probable que te guste.
Te espero si eso en algún txoko lavando la ropa a ratos, intercambiando trukis de cómo quital tal mancha o reciclar tal otra cosa, ... y bailoteando otras, que eso del maruheo limpiadorrr, lo justo.
;-)
ArcesosoConBesuki
Un gran abrazo para uds: Nacho y Carol!!! Marcelo
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